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Vitoldo

Martes, 24 de octubre de 2006

No es rojo

En 1979 yo tenía 9 años, y recuerdo que mi papá estaba feliz porque lo habían invitado a recorrer América del Norte para participar en un campeonato internacional de ajedrez.
Cuando me invitó a ir con él, le puse una sola condición: que me llevara a conocer el castillo de Disney.

Yo tenía una visera transparente, que de vez en cuando usaba como lente enrojecedor: entonces papá me repetía que si seguía mirando directamente al sol me saldrían chispas por los ojos.

Desde lejos el castillo de Disney era hermoso e imponente. Hacía un rato, papá me había regalado un vestido de terciopelo morado. Mi madre nunca me hubiera comprado un vestido así: según ella, los chicos no tenían que vestirse de luto. Pero ahí estaba yo, tan cerca del castillo, con una bolsa y un vestido como el que debían vestir todas las princesas.

Hacía calor. Yo estaba siendo malcriada por papá y, luego de posar para unas fotos, me adelanté corriendo. El castillo estaba más lejos de lo que parecía.
Papá me seguía gritando, extrañamente desesperado: yo estaba segura de que aquel castillo era una fortaleza, una enorme fortaleza en la que sólo podían entrar los niños.

Al atravesar la puerta, descubrí aquello de lo que mi padre quería prevenirme: el castillo terminaba ahí nomás, era reversible, pura fachada.

Desde ese día supe que nada podría defendernos, ni a mí ni a mi papá, de la verdad.
Y ahora, cada vez que mis hijos piensan en ir a Disney, tanteo en el recuerdo mi visera roja para poder reconstruir aquellos años a través de un filtro de sangre.



(Pieza que se publicará en La Vanguardia el miércoles 25 de octubre de 2006)

Por: Guadalupe Pérez García | La media sonrisa de Jordá | Comentarios (0) | Referencias (0)

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