Pequeños y grandes dramas. Tonterías varias.
Diseñado por Studio.st
Online gracias a Bitacoras.com
Domingo, 12 de noviembre de 2006
Tengo claro que este título es excesivo. Cuando me senté a escribir no era mi intención fabricar una elegía, básicamente porque Joaquín me hubiera regañado diciéndome que me tomo las cosas demasiado en serio, inclusive a él mismo y a su trabajo.
Pero al ponerme a enumerar pequeñas anécdotas y almuerzos con él, no puedo dejar de verlo como a un maestro, un hombre brillante y tácito, entregado pero contenido, valiente y calmo.
Mas allá del espejo
A los pocos días de la muerte de Joaquín, llamé a Nuria, su montadora. Quería ver la última película sobre la que estaban trabajando, y Nuria me devolvió la llamada cuando terminó de ajustar los últimos goznes del montaje. Junto con otros amigos de Joaquín, desconocidos para mí, vimos un poco amontonados en el avid de Ovideo, “Más allá del espejo”
Algunas escenas ya las habíamos visto en el CCCB, pero la sensación de “legado” que la película tenía para nosotros era evidente. Despareja por momentos, tal y como era Joaquín, con una aparente liviandad que reflexiona sobre lo que significa dejar libertad a las imágenes y a las cosas. En una de mis secuencias favoritas, Joaquín pide al novio de su protagonista y a ella misma que se besen. No creo que una pieza tan íntima, tan indefendible con las grandes palabras del cine, fuera posible en manos de algún cineasta que no fuera tan joven como Joaquín. Los que de verdad somos más jóvenes (o ya no tanto) estamos demasiado ocupados en buscar una cierta trascendencia y profundidad en nuestros trabajos, aunque estemos hablando del absurdo de la vida cotidiana que a duras penas intentamos retratar.
Gonzalo me dijo en el entierro: “Alguna vez has escuchado a alguien llamarlo viejo? Era imposible.”
20 años no es nada
Lo último que yo había visto de Joaquín era De nens, por lo cual me sorprendió muchísimo su regreso a las obreras de Numax: Una secuencia emocionante, en la que gente se abraza y se reencuentra. Es una secuencia larga, siempre al riesgo de la ternura, aquella ternura que como un animal oculto, acecha nuestra mirada de documentalistas. Sin embargo, Joaquín no tenía miedo (y si no tenía miedo a morir, como iba a tener miedo en una película) y decidió ensanchar esa emoción hasta el límite. Todavía no sabemos nada de sus personajes, pero ya somos como ellos, y eso es más de lo que pueda querer cualquier cineasta.
20 años habla de la pérdida de los sueños y lo hace de la manera más atrevida: A través de personajes que, mal que mal, los han cumplido.
De nens
Bogotá es una ciudad amurallada. Su casco antiguo colonial, dentro del cual se encontraba el hotel, sufre un cercamiento, un muro humano compuesto por militares, policías y armas largas. La pregunta que en los barrios privados de otras ciudades se nos vuelve repetida (¿Estamos protegidos o presos?) en Bogotá no deja sitio para la duda.
El día de la proyección de De nens en la Cinemateca Distrital, el aplauso cerrado que la película recibió fue muy emocionante, y las preguntas posteriores del público le hubieran encantado a Joaquin.
A una parejita joven, cineastas en ciernes llenos de proyectos, les dije que de estar Joaquín con nosotros en ese momento, nos hubiera invitado a tomar una copa en algún sitio oscuro y perturbador de la Bogotá que se nos prohibía por seguridad.
Repito a todos la frase de Joaquín, y las expresiones son de profunda compresión: “Nunca dirigí mi mirada hacia donde no quería”
De nens es una de las películas más comprometidas que he visto nunca. Su fuerza transgresora es evidente (“Una bomba al Estado” había dicho Rodrigo Moreno) pero lo más importante para mi como cineasta es la versatilidad de Joaquín: después de pensar y fabricar De nens, cualquiera hubiera terminado devastado, descreído absolutamente de todo aquello que como humanos hemos construído. Sin embargo Joaquín, el más joven de todos nosotros, pudo revisitar Numax 20 años después y ver allí solo lo que quería ver: Un final profundamente emotivo, feliz, para la vida de sus personajes.
Yo nunca le escuché una carcajada a Jordá...
Es cierto que lo conocí hace cuatro años, en aquellas etapas en las que los enfermos que han vivido, obligados por un mínimo instinto de supervivencia y nunca por los médicos, se empiezan a cuidar un poco. De cualquier manera, la noche después de que Jordi me comunicara su muerte, tuve un sueño reparador: Jordá se reía a carcajadas, descompuesto de risa, sentado junto a Buñuel, su maestro. En el sueño yo no sabía de que se reían, (la verdad es que probablemente no hubiera entendido el chiste), pero era una risa tan contagiosa que seguía tentada al despertarme.
Breve encuentro
Del último almuerzo con Joaquín recuerdo tres cosas:
La primera fue la crítica durísima que Joaquín hizo de Derzu Uzala. “esa compasión, esa mirada hacia el buen salvaje…”
Así como todavía conservo su número de teléfono en la memoria del móvil, aun no he sido capaz de ver de nuevo aquella película. Es interesante el resultado que su opinión sobre Derzu Uzala ejerció en mí: la película sigue maravillosa en mi memoria pero ahora me he vuelto más libre para opinar o sentir sobre ella.
Joaquín nos decía (sin decirlo, claro) que nuestro deber era ir, por lo menos, hasta donde él había llegado. Y estoy segura de que era su deseo que, con un poco de suerte y trabajo, llegáramos aun más allá.
La segunda: Me contó como había decidido prescindir de la quimioterapia. La escena parecía sacada de una película de Antonioni, si Antonioni hubiera sido capaz de dirigir una comedia.
Joaquín llega a su primera sesión de quimioterapia y unas simpáticas azafatas lo acomodan en una silla llena de cables de conexión. Ël intenta hacer unos chistes, pero los otros pasajeros no se ríen. Están ya un poco grises, por lo cual Joaquín decide que aquel no es un lugar para él.
Una azafata lo persigue con su “dosis”, y Joaquín se la cede amablemente. “Es personal e intrasferible” le contesta ella, “Entonces tírela”, le contesta Joaquín.
La oncóloga le da algunos meses si sigue el tratamiento, pero si lo abandona lo despide: tendrá como mucho un mes de vida.
Cuando Joaquín me contó la anécdota ya habían pasado tres meses. Estaba demacrado, pero contento.
Me despedí de él como si con la decisión de dejar el tratamiento se hubiera curado, o sencillamente se hubiera vuelto inmortal. Supongo que sutilmente me convenció de aquello que yo quería creer, y se lo agradezco.
Joaquín no le temía a la muerte, pero sabía que yo sí.
La tercera cosa
Cuando salimos de comer hacía un sol espléndido, y lo acompañé caminando hasta su casa. Yo había tomado vino tinto y una modorra muy placentera me acompañó hasta el tren.
Por la tarde, hablé a mis alumnos acerca de “El encargo del cazador” y me emocioné un poco.
Por suerte y gracias a la oscuridad del aula, ellos no se dieron cuenta.
En la cajita de cristal
Me ha quedado grabada la media sonrisa con la que nos despidió a todos desde su cajita de cristal (seguramente debe haber sido la primera que lo aisló en su vida)
No recuerdo de él ni siquiera una sola lección de cine. Por otro lado, y de una manera exhaustiva, prácticamente no hablábamos de otra cosa.
Yo acostumbraba a ponerme furiosa si escuchaba aunque sea una tímida crítica hacia su trabajo: me tomaba las cosas personalmente, pero de la forma incorrecta. El se criticaba a sí mismo bastante, con la distancia y el cariño necesarios hacia su propia obra. Supongo que también podemos llamar a eso una lección.
Aquel tono bajo e intenso, aquel desprecio sutil por los "deberes y derechos" que el cine del pasado parece imponernos, aquella media sonrisa de Jordá es la que tenemos la obligación de mantener los cineastas nuevos, sea cual sea nuestro trabajo.
Ya no tenemos a Joaquín con nosotros, para que nos ayude a animarnos, para que nos anime. La pregunta que nos toca entonces es: ¿cómo mantener esa sonrisa?

Por: Guadalupe Pérez García | La media sonrisa de Jordá | Comentarios (0) | Referencias (0)